Caminando me encuentro con un jardín; fresco, de árboles suntuosos y bellas fuentes sinuosas, a raudales y espaciosas, o a finas aguas coloreadas. Un hábitat para el alma, un sosiego para la mente acelerada.
Me siento en un banco observante del discurrir del gentío. Ahora unos gorriones revolotean, unas palomas vuelan y un tordo buscador de tesoros o alimento se esmera…
Delante de mí una fuente cuadrada, una piscina de 2×2 con un chorro de agua vertical capta mi atención. Y yo, cual noctámbulo que decide volver a casa y no sabe muy bien cómo me emancipo por un rato de mi mente distraída. El paraje es inmejorable; la fuente y los alrededores inspiran belleza, siempre hacia arriba y extendiéndose, siempre hacia arriba. Un seto protege todo su perímetro y ¡Oh! ¡Está flanqueado por cuatro Cicas centenarias, una en cada uno de sus vértices!
Cada vez estoy más a gusto. Este paseo ha merecido la pena. Esta incursión será, seguro, de provecho.
Siento la fuente, veo la gente, miro el enclave, el lugar silente para los que quieran y sepan estar. Todo es perfecto.
Entonces me detengo en el gentío. Las personas pasan anodinas, unas, otras con prisas, con el pensamiento puesto en lo de más adelante. Algunas preocupadas, algunas parejas parecen aburridas o desdichadas, padres con hijos, jóvenes que pasan de largo sin tomarlo como referencia o hacer amago de apreciar el momento. Solamente dos sacaron fotos y desaparecieron tan pronto como las obtuvieron.
Y ahí la fuente, para quien supiera desvelar su acertijo. No podía centrarme en lo que los demás hicieran, pues no tenía ese poder sobre ellos, ni lo pretendía. Tan sólo podía y puedo ahondar y hacer brillar el tesoro del agua que ya manaba en mí en las puras estancias que reconocí. Limpiar el seto, muro de mis limitaciones, arreglar las Cicas, templos de belleza intemporal, barrer las hojas de los lamentos y frustraciones y esperar en la calma activa de lo justo, pues el agua más pura es cuanto más limpia y pura su vasija es.
Me voy de allí pensando escribir algo de mis pensamientos y me viene el título:”¿A dónde vas?” Los que hacemos por vivir de una manera consciente en el Akasha, pues ya todo y todos estamos en él, al hablar, al reír, al pensar y sentir, al decidir en nuestras apetencias y actitudes ante la vida; en fin, al menos se intenta, somos afortunados de haber encontrado una fuente fidedigna, escurridiza sí, pues no es lo mismo entrar en contacto que ser Akasha, pero útil y necesaria. Claro que me hace falta entonarme con este flujo y sí, quiero bañarme por completo en su benéfica influencia, pues si una fuente física puede ser así de hermosa, ¿Qúe no será la Fuente Infinita del Amor Puro, que está esperando y expectante a que la descubramos en su radiante Luz?

Ricardo Arozarena