Hace algún tiempo entendí que la vida se basa en aceptación y reconocimiento.

Aceptar que existen en nosotros áreas de crecimiento que requieren del abandono de nuestras zonas de seguridad y la total entrega a la confianza del proceso.

El reconocimiento de que no existe puntada sin hilo en el entramado de la vida y que es necesario reconocer lo que nos agrada y lo que no, todo ello en nosotros mismos, en cada situación, en cada pensamiento, en cada emoción para poder asumir y evolucionar.

Ese proceso sencillo y a la vez complejo tiene como fin llegar a ayudarnos a conocernos a nosotros mismos mucho mas allá de lo que creemos ser, mucho mas allá de nuestras circunstancias, nuestros sistemas de creencias, mucho mas allá del sistema social imperante, mucho, mucho mas allá.

Vivimos un simulador de vida que solo se acerca a una posibilidad de forma de ser, una forma de ser resultante de las circunstancias sociales, familiares, culturales y un largo etcerera pero solo eso, un simulador encajado en un constante proceso limitante que nos ofrece una falsa sensación de seguridad y libertad que va constriñendo la verdadera esencia, la verdadera personalidad, la parte constitutiva de nuestra originalidad.

Asumir y reconocer son procesos básicos para el crecimiento personal, pues estos preceptos representan el pico del iceberg de la verdadera percepción de la libertad y la gozosa sensación de auto reconocer la grandeza de quienes representamos en esta obra sin condicionamientos. Somos actores principales en nuestra historia, secundarios en las vidas de quienes nos rodean, insustituibles en la reciproca relación entre el entramado individual y el entramado que representa la colectividad.

Una obra escrita que cobra vida con cada instante de experiencia, una obra que cobra forma en tinta de vivencias llenas de ser.

Francisco J. Ortega